
He cumplido muchísimos años, se me pudre lo que me queda de cuerpo, el médico me prometió que moriría...
No hay manera.
¿Por qué hay algunas personas que mueren tan lentamente, con tiempo para cansarse de su propia despedida, y otras desaparecen a lo bestia, sin llevarse ni su olor?
A mí me ha tocado esto, desesperarme. A estas alturas nadie cree, supongo, que voy a morirme. No hay alarma social: "La Vieja desde que nació se está muriendo.""Más quisiera ella morirse".
Hay personas que se levantan por la mañana y por la tarde ya no están. Que te sonríen inconscientes antes de caer fulminados por un infarto. Que corren por el campo felices hasta el sitio exacto en que el rayo de las 20.13 les tiene preparado partir en dos.
Y otras, como yo, que se despiden de los vivos sin cesar, una y otra vez, hasta que finalmente se suben al trenecito de la muerte con una pamela de encajes y una maleta preparada al detalle. La familia y los amigos están en paz. Todos conversan sobre la cama. Nadie lleva en el entierro gafas de sol. Las señoras se maquillan en la Iglesia.
Hay muertes y muertes, amigos.
Y la mía no es ninguna de las dos.









